viernes, 21 de agosto de 2015

El beso





 


Un mundo nace cuando dos se besan
Octavio Paz



Había pasado la tarde buscando un regalo de aniversario para celebrar sus cinco años de vida en común. Finalmente se había decidido por un elegante jersey de marca que le pareció perfecto para él. Habían procurado no limitar sus vidas a los amigos comunes, por lo que era frecuente que salieran por separado y mantuvieran una cierta independencia. Cuando llegó a casa, poco antes de la hora de almorzar, escuchó un mensaje de él en el contestador comunicándole que no le esperara para comer. A veces agradecía estos momentos en casa para ella sola. Abrió un par de latas y disfrutó de una comida improvisada. Pasó la tarde tumbada en el sofá, viendo una película y devorando los restos de los dulces navideños, con constantes idas y venidas a la cocina. Dormitó un poco y, cuando vio que ya había oscurecido, miró extrañada a través de la ventana. No había previsto una ausencia tan prolongada, por lo que comenzó a caer en un estado de ociosidad, agravado por el hecho de que el reproductor de música no funcionaba correctamente, algo que venía ocurriendo desde hacía tiempo, al parecer debido a alguna mala conexión que él había prometido solucionar ese mismo día. Aderezó el cordero que pensaba cocinar para el día siguiente y que a él tanto le gustaba. Si lo hacía con un día de antelación, la salsa cobraba más cuerpo y el guiso intensificaba su sabor.

Eran cerca de las doce de la noche, aunque ella ya había perdido la noción del tiempo hipnotizada por la pantalla del televisor que había vuelto a sumirla en el sueño. El sonido de la llave en la cerradura y la posterior apertura de la puerta la despertaron.
      — ¡Hola!
     — ¡Hola! –se incorporó en el sofá y miró confundida su reloj de pulsera—. ¿Dónde has estado?
     — Pues resulta que me he encontrado con una amiga... —respondió dándole un beso en la frente.
     — ¿Qué amiga? —encogió las piernas y las rodeó con los brazos mientras esperaba una respuesta.
     — ... Paula—. Se quitó la chaqueta y se sentó en el sofá, a su lado, y ligeramente vuelto hacia ella.
Ella se levantó y fue a la cocina. Guardó la cacerola con el guiso en el frigorífico. Examinó el contenido del interior, lo cerró y luego se dirigió a uno de los armaritos de la cocina del que sacó una bolsa de cacahuetes. Volvió al salón. Él miraba la pantalla del televisor, concentrado en el avance del último telediario del día.
         — ¡Qué bien huele! ¿Has hecho cordero?
         — Sí. ¿Hay algo que quieras contarme? —replicó ella mientras comenzaba a comer cacahuetes.
—  Bueno, pues… me la encontré en el cajero automático que hay justo enfrente de mi estudio...
— Pensé que vivía en Bruselas...
— Vive allí pero su madre está enferma y ha pedido unos días de permiso.
¿Habéis estado juntos hasta ahora? —preguntó ella.
—Sí, hacía tanto tiempo que no nos veíamos, y tenía tan mal aspecto que... bueno..., me invitó       a tomar una cerveza.
— Vaya, parece que la cerveza se ha alargado un poco más de la cuenta....
— Sabina, no pretendo ocultarte nada. Te diré exactamente lo que ocurrió...
¿Debo preocuparme?
No empecemos, —le quito de la mano la bolsa de cacahuetes— déjalos ya, sabes que no te sientan bien. Nunca te he ocultado nada...
       — Bueno, ya conoces mi lema: Dime la verdad pero hazlo con tacto.
      — Sabina, no saques las cosas de quicio, no ha pasado nada. Ya te he dicho que me la encontré              justo cuando salía del estudio. Al principio no la reconocí, fue ella quien dijo “Hola”. Estaba tan          cambiada...
     — Ya. Bueno, si te interesa mi opinión, no creo que el encuentro fuera producto del azar.
    —  ¿Qué quieres decir?
    —  Pues que ella fue a buscarte premeditadamente, pero bueno, sigue...
    —  Ya sabes cómo nos separamos; al parecer todo fue un malentendido.
    — ¿Un malentendido? —Volvió a coger la bolsa de cacahuetes— ¿Me estás diciendo que después           de siete años sin veros, descubrís que os separasteis por un malentendido?
    —  Ya te he dicho que estaba un poco desanimada, y me preguntó si tenía tiempo para tomarme              una    cerveza. Comprenderás que no pude negarme. Además, hemos hablado muchas        veces          de esto, Sabina. Uno no puede huir de las cosas que le persiguen.
   —  ¿Me estás queriendo decir que en todo este tiempo ella te ha estado persiguiendo?
   —   Pues de alguna manera sí; pero por favor, no te precipites en tus conclusiones, aún no te                       he contado nada.
  —   Adelante –Sabina dejó en la mesita de centro la bolsa de cacahuetes, cogió el mando a distancia del televisor y bajó el volumen.
   —Pues nos fuimos a comer a El Caballito de Mar
   — ¿A la playa? –preguntó con estupor.
   — Hacía un día estupendo y ella quería ir a un sitio tranquilo al aire libre
   — ¡Qué astuta!
   — Me di cuenta de que se encontraba muy sola, y era como si necesitara asegurarse de algo.
   — ¿De qué? —preguntó Sabina.
   — Pues de quién había dejado a quién.
   — Tal y como tu me lo contaste, ella se fue sin más, ¿no es así?
   — Sí, eso es lo que yo creía.
   — ¿Y no fue así?
   —  Me dijo que se había ido porque presentía que yo iba a dejarla y no podía soportarlo.
   — Ya, bueno, ve al grano. ¿Lo hicisteis o no lo hicisteis?
   — No, no lo hicimos.
   — ¿No lo hicisteis? No esperarás que te crea.
   — Entonces ¿por qué me lo preguntas? Sabina, no voy a decirte nada que no sea verdad. Comimos         y bebimos un poco, luego ella lió un cigarrillo.
   — ¿Quieres decir un canuto?
  —  Sí, eso es...
  — ¿Fumaste hachís?
  — ¡Por Dios, Sabina, no soporto ese tono moralista! Sí, he fumado hachís. ¿Qué hay de malo en               ello? ¿Es que tú nunca lo has hecho?
  — Creía que hacía tiempo que no lo hacíamos.
  — ¿Qué pasa? ¿Es que tengo que pedirte permiso para hacerlo?
  —  No grites. No creo que a los vecinos les incumba si fumamos o no —Sabina volvió a coger el             mando del televisor y subió el volumen para amortiguar sus voces.
  —  No grito. Sencillamente estoy intentando contarte lo que ocurrió exactamente y tú me regañas             como si fuera un niño.
Transcurrieron unos segundos. Los dos miraban la pantalla del televisor en la que proyectaban una vieja película en blanco y negro
   —  ...Pero si tu coche está estropeado... ¿Cómo habéis ido hasta allí?
   —  Fuimos en el suyo. Cuando acabamos de comer y subimos al coche lió un canuto, encendió el              radiocasete y puso aquella cinta.
  —   ¿Qué cinta?
  —   Bueno, una cinta que solíamos escuchar. Ya sabes, algunos clásicos de los ochenta.
  —  Ya, ¿alguna canción en particular?
  — ¿Qué importancia tiene eso?
  —  Simple curiosidad —respondió abriendo las aletas de la nariz y mirando la pantalla del televisor. Volvió a bajar el volumen y siguió con la mirada fija en la pantalla, observando los gestos de Cary Grant.
  —Luego nos dimos un beso —continuó él.

Elliott Erwitt Kiss

Ella se levantó del sofá, fue a la cocina y sacó una tableta de chocolate del armarito; partió un par de onzas y comenzó a mordisquearlas. Luego se puso a fregar los cacharros que había en el fregadero con brusquedad y haciendo mucho ruido. Cuando levantó la vista lo vio en la puerta, mirándola.
        — Sólo fue un beso –dijo él.
       — ¿De verdad crees que soy tan gilipollas? ¿Sólo fue un beso? ¡No me irás a decir ahora que fue ella quien te lo dio!
Pues no, nos lo dimos los dos, y fue un beso bonito y tierno...
      — Por favor, ahórrate los detalles.
— Creí que querías saberlo todo.
—  Mira, —cerró el grifo, se secó las manos en un paño y salió de la cocina en dirección al salón— dime ya de una vez cómo acabó todo. ¿Lo hicisteis, verdad?
— No, no lo hicimos —le respondió.
— ¿Os besasteis y ahí acabó todo? —Volvió a sentarse en el sofá, con las piernas encogidas, los brazos cruzados, mirando a la pantalla del televisor.
— Nos abrazamos, y luego ella propuso que nos tumbáramos un rato al sol. Así es que bajamos del coche y extendimos una manta entre los cañaverales.
—¿Llevaba una manta en el coche? –preguntó incrédula.
— Pues sí, tenía una...
—Y entonces.... lo hicisteis, ¡admítelo de una vez!
—Sabina, te repito que no lo hicimos.
— Pues resulta bastante difícil de creer.
— En ese caso no tiene sentido que te cuente nada más, si te vas a poner así...
     — ¿Ponerme así? El hombre con el que comparto mi vida desde hace cinco años me dice que ha besado a su gran amor y... ¡Me reprochas que me ponga así!
Él volvió a subir el volumen del televisor para camuflar el elevado tono de voz de ella.
    — Tranquilízate, Sabina. Para empezar, ella no es mi gran amor.
    — ¿Por qué la besaste?
    — Necesitaba hacerlo. Si no lo hubiera hecho habría estado pensando en lo mucho que me hubiera gustado hacerlo y esa idea no dejaría de perseguirme. ¿No puedes entenderlo, Sabina?
  — Pues no, no lo entiendo. Me parece una excusa absurda para justificar uno de esos impulsos irrefrenables que los hombres parecéis tener tan a menudo.
 — Oye, no te pases. No creo haber tenido ningún impulso irrefrenable en estos cinco años y, además, yo no he dicho que esto lo fuera. La besé sabiendo lo que hacía.
  — Por favor, no lo estropees más.


         
Ingrid Bergman y Cary Grant en Notorious (A. Hitchcock  1946)


Él cogió un cojín del sofá y lo lanzó con desgana al sillón de al lado. Se levantó y salió de la habitación. Ella permaneció delante del televisor, arrancándose la cutícula de las uñas con los dientes y mirando la pantalla de manera intermitente .Un primer plano de Cary Grant besando a Ingrid Bergman retuvo su mirada. Él volvió a entrar en el salón y se puso frente a ella, mirándola.
     —¿Puedes apartarte a un lado? Me gustaría ver a Cary Grant.
—Por favor, ¡No frivolices!
—Quiero ver a Cary Grant. ¿Te has fijado en qué bien besa?
—Odio cuando adoptas esa postura.
—Me encanta cómo lo hace, tiene tanta clase... Tú nunca me besas así, siempre utilizas la lengua. ¿Fue un beso con lengua?
—No tengo nada más que decir
—¿Por qué no reconoces que lo hicisteis?
—¡NO LO HÍ-CI-MOS!, ¡JODER!
     — Muy bien, pasemos al capítulo siguiente: el beso, la manta, ¿y luego...?
    — Le acaricié el pelo, volví a besarla, la abracé, nos tumbamos... Estábamos escondidos entre los cañaverales y...
— Sigue.
— No pude hacerlo. Estaba pensando en ti, en todos nuestros proyectos, en tu lunar...
— ¿Qué lunar?
— Ése que tienes en la espalda.
—Y... ¿No lo hicisteis?
—No
¿Y ella?
— Me preguntó qué me pasaba y luego me preguntó si quería que fuéramos a un hotel.
— ¡Qué hija puta! ¿Y fuisteis?
   —  No, guardamos la manta y estuvimos caminando un rato por la playa, charlando.
   — ¿De qué?
   —  De nosotros.
   — ¿De vosotros?
   — No, de ti y de mí.
   — ¿Qué le dijiste de mí?
  —  Le dije que te quería y que deseaba tener un hijo contigo. También le dije que lo nuestro había sido muy bonito pero que fue ella quien se marchó y ahora ese espacio lo ocupaba otra persona. Así es que le dije: “La quiero a ella”
   — ¿A ella?
  —  A ti, Sabina. No puedo decir que ella no me hiciera evocar momentos muy bonitos. ¡Teníamos poco más de veinte años! ¿No puedes comprenderlo?
  — No quiero comprenderlo, y ahora, si no te importa, me gustaría acabar de ver la película.
  —  Muy bien, yo me voy a la cama.
Cuando estaba a punto de salir de la habitación, ella volvió a preguntarle:
   — ¿Fue un beso con lengua?
   —  No —respondió él.
   — ¿Qué lastima! Hubiera preferido que hubiese sido con lengua.
   —  ¿Sabes lo que más me gusta de ti, Sabina?
Ella le miro, esperando la respuesta
  —  ¡Eres tan imprevisible! Juraría que cualquier mujer hubiese preferido la pequeña infidelidad de un beso tierno a la de uno de esos que tu denominas “con lengua”. Pero bueno, esta discusión es ridícula.
  — Los besos de Cary Grant son sin lengua –Agregó ella mientras seguía con la mirada fija en la pantalla.
  —  Buenas noches –dijo él.
  —  Por cierto, —dijo ella— ¿podrías mirar mañana lo de la conexión del equipo de música?
  —   No te preocupes, mañana lo arreglo sin falta.
 ¿Sabes?... No tienes ni idea de las preferencias de una mujer en lo que se refiere a lo que tú calificas de pequeña infidelidad. Y además, yo no soy cualquier mujer.

Él se quedó mirándola un rato, sin comprender, hasta que, finalmente, antes de salir definitivamente de la habitación, le dijo:

   — Está bien, Sabina, ha quedado claro: la próxima vez será con lengua.

  

Cuando Sabina se quedó a solas en el salón, contemplando las últimas imágenes proyectadas en el televisor, se le humedecieron los ojos. Los mantuvo muy abiertos y en tensión. Con voz baja y muy despacio murmuró: “Te odio”. Al ver el fotograma the end impreso en la pantalla apagó el televisor. Se acercó hasta el equipo de música e intentó ponerlo en marcha, pero la conexión seguía fallando.

    — ¡Mierda! –dijo en voz baja a la par que le asestaba un golpe con el puño, a resueltas del cual se iluminó el piloto rojo de encendido. Bajo un fondo de clarinete de su concierto de Mozart preferido, cerró los ojos mientras un par de lágrimas se deslizaban por sus mejillas.  


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